Nada más de llegar de Copenhague, donde él y su alegre comitiva de doscientas personas (algunas más que amigas) habían repartido jamones de Jabugo a diestro y siniestro, Gallardón entre el fracaso que pesaba como una losa y mientras rumiaba unas falsas quejas que pretendían ocultar el frío engaño a la ciudadanía con “eso” de los Juegos, Gallardón volvió a casa, y nada más aterrizar, se lanzó a exigir a los vecinos un nuevo impuesto disfrazado de tasa.
Nada más inoportuno: todos hemos sido testigos de ese vivir a todo trapo de él y su comitiva y quién sabe cuántos cargos de confianza (se dice que 1500) pero todo ese joie-de-vivre lo pagamos los ciudadanos mediante impuestos y, cuando éstos no llegan, (simple equilibrio, los gastos superan a los ingresos) se recurre a otras fuentes, como el impuesto-tasa de recogida de basuras.

Imagen tomada de la Fundación Vida Sostenible
Esta tasa parte de un error fundamental, de un pecado original, si se quiere: su cuantía no depende del servicio que presta el Ayuntamiento a cada ciudadano, sino de la capacidad contributiva de cada uno (medida por el valor catrastal de inmueble). La tasa, por su naturaleza jurídica, es una contraprestación que la Administración recibe por sus servicios. Por tanto, según la Ley, la tasa no puede exceder de coste real o previsible del servicio y han de pagar más quienes más servicios reciban. Y esto es precisamente lo que las diferencia de los impuestos. Los impuestos son aportaciones realizadas en función de la riqueza (capacidad contributiva) de cada uno. El matiz es fundamental: en materia de impuestos, han de pagar más quienes más tienen y esto no ocurre en materia de tasas, donde quienes más pagan son quienes más servicios reciben.
Dicho esto, la tasa de recogida de basuras debía haberse fijado en función del servicio que cada uno recibe y no en función de su capacidad contributiva. Es decir, cuanta más basura generes, más tienes que pagar y no cuánto más valor tenga tu casa, más tienes que pagar. Y lo que da una idea más que aproximada de la basura que genera cada uno (y, en última instancia, de cuántas personas viven en una casa y de sus hábitos ecológicos) es precisamente el consumo de agua
La tasa podría haberse calculado de una manera más justa: el cálculo lo puede hacer hasta un niño de primaria. Se divide el coste del servicio y entre los usuarios (incluyendo administraciones públicas) en función de su respectivo consumo de agua. El consumo de agua da una idea fehaciente de la basura que se genera en cada hogar y de paso se fomentaría un uso responsable de la misma. La conclusión es que el Ayuntamiento parece esencialmente interesado en cobrar, sea como sea, y lo gestiona de manera apresurada, chapucera y poco reflexiva.
Pero aparte de que la metodología empleada para el cálculo de la tasa carece de fundamento, es más que cuestionable la existencia misma de esta tasa. Bien es verdad que esta tasa tiene parangón en otros países europeos, pero no es menos cierto que, en estos países, los ciudadanos reciben servicios públicos. ¿O acaso el Alcalde pretende que nos comparemos con Holanda o Dinamarca? En estos países la gente paga muchos impuestos (de eso no hay duda), pero éstos sirven para pagar servicios sociales, y a nadie se le niega una plaza en una Escuela Infantil Publica o en un Centro de Día para mayores. En estos países hay instalaciones deportivas públicas. Recibir esta clase de servicios en el Madrid de Gallardón es poco menos que un sueño.
Madrid se parece más a Versalles que a Holanda.
Tamaño cúmulo de despropósitos ha cabreado a la ciudadanía en un país donde la clase política estaba falsamente acostumbrada a una ciudadanía abotargad y , resignada. Pero nada más lejos de la realidad. Los españoles somos los toros, parecemos pacíficos y no reaccionamos hasta que algo nos toca los cojones de verdad. Entonces embestimos por sorpresa y hay en la Historia de Madrid suficientes ejemplos que dan fe de los riesgos que para la clase política implica tomar decisiones de esta naturaleza: el motín de Esquilache, por ejemplo, en el que el pueblo se rebeló contra un edicto que vulneraba su privacidad.
Nadie pudo entonces calcular las consecuencias de algo aparentemente inocuo, pero en una situación de crisis económica, hay pólvora por doquier y cualquier acontecimiento, por nimio que parezca en sí mismo, puede ser una chispa, y ningún acontecimiento, ninguna decisión son separables del “todo”.
Y sin duda, Internet no servirá más que para acelerar este proceso y por doquier circulan ya formularios de impugnación de la tasa.
Esto parece el principio de algo.