Negras guarderías
La triste muerte de un bebé en una guardería ilegal de Vinaroz, me trae a la mente un artículo que leí en El País, hace algunos meses, con ocasión de otro caso terriblemente parecido a éste.
El artículo llevaba por título “Negras Guarderías” y he considerado conveniente citar aquí uno de sus párrafos:
“Existe una clara relación, aunque según parece inadvertida, entre la pertinaz competición por bajar impuestos, que en definitiva equivale a desactivar la red de servicios públicos y el brote de tragedias cotidianas que descubren zonas de pauperización social por debajo de la España próspera de los últimos 12 años. Estallan súbitamente como fogonazos de miseria. La tarea de las administraciones públicas era evitar esa degradación de los servicios públicos; una vez que han fracasado, al menos que no vuelva a repetirse.”
También en Madrid, bajo el oropel de las grandes obras de nuestro Alcalde y del resplandor olímpico de su insultantemente ostentoso Palacio, late otra realidad paralela, mucho más trágica pero mucho más presente. La necesidad está ahí, más viva que nunca. Porque la realidad no son sólo las imágenes de éxito que pretenden proyectar sobre nosotros. Un ejemplo: cuando Gallardón,desde su vehículo oficial de medio millón de euros telefonea a uno de sus esbirros y le ordena cerrar un albergue de indigentes para instalar en él un replandeciente centro de turismo, no por ello habrá acabado con la miseria. No porque en vez de flacos y renegridos mendigos campando por la zona haya turistas impolutos y sobrealimentados habrá puesto fin a la desgracia humana.
Y así, paradójicamente, el aumento de gasto público, y su consiguiente invención de nuevos mecanismos de recaudación (tasa de recogida de basuras, parquímetros, etc) y un endeudamiento que los próximos gobernantes de la ciudad van a tener dificil neutralizar, en la ciudad de Madrid no va acompañado de una mejoría en la red de servicios sociales, sino en otras capítulos de gasto de dífícil explicación a la ciuadananía, como 74 millones de euros en papeleras, las lujosas obras en el Palacio de Cibeles (500 millones de euros), y un largo etcétera.
Cuando se combina tal cúmulo de despropósitos, corresponde a la ciudadanía hacer oir su voz, a pesar de que los medios por los que esta puede llegar manifestarse sean casi ridículamente insignificantes al lado de la atención mediática que reúnen en torno a sí quienes detentan el poder. Y es precisamente la insignificancia de nuestros medios lo que convierte cualquier tarea de esta índole en una misión casi hercúlea. Pero no imposible, porque como decía mi admirada Concepción Arenal, “todo es imposible mientras lo parece“.
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